lunes, 16 de agosto de 2010

Confesiones de una tortuga adolescente


Soy Aline Michelle Enríquez Carrillo. Odio poner mi nombre completo en una presentación informal porque siento que suena rimbombante, dominguero, chabacano. Pero ése es, y me gusta. Mi familia me llama Michelle, o sus variaciones fonéticas, el resto del mundo me llama Aline... o sus variaciones fonéticas, entre otras ocurrencias. Yo me llamaba Neela de For y hace poco me empecé a llamar Aline Oneil. Carlos, un amigo que yo llamo mi segundo hermano menor, me empezó a llamar así después de que le mostré la oda a Abril O'Neil, interpretada por una de mis inexplicables obsesiones musicales: Bengala.

A quien no lo recuerde, Abril O'Neil es la chica periodista, mejor amiga de las Tortugas Ninjas Adolescentes Mutantes. Yo no me parezco a ella. Aclarado este punto, podemos continuar.

La mamá de Marha, mi mejor amiga, dice que uno no es quien uno cree ser ni lo que los demás piensan que eres, sino justo lo que está en el medio. Dan dice que soy un chico sexy con senos pequeños. Víctor me dijo una vez que soy como una canción de Depeche Mode. Un test de Facebook dice que soy un ornitorrinco. Una vez me dijeron que yo era Zoé, la de la portada del album homónimo. Otra, me compararon con una Chupa Chups miniatura. La mayoría de las personas en Centro dice que soy todo amor, pero saben que no siempre.

Yo no me caigo muy bien a mí misma, soy muy inconsistente y medio incongruente, súper pasional e impulsiva, desorganizada, temperamental, intensa, hipersensible, reservada e incluso introvertida. Pero sé también que no soy tan negativa, también hay cosas que me gustan de mí misma. Soy leal, mucho, generosa, entregada, minuciosa, versátil. Pseudointelectualoide de a ratos. Hipster en las tardes y fiestera en la noche. No me gusta hablar de mí misma, aunque amo hablar por horas, compartir puntos de vista y anécdotas.
Lo que más me gusta hacer en la vida es disfrutar. Disfrutar, así. Disfrutar lo que sea.

Disfruto la compañía de las personas, especialmente de mis allegados, claro está. Disfruto la presencia de la naturaleza, como cuando uno está en el bosque y la niebla te rodea al atardecer, justo antes de que oscurezca, y entonces tienes que encender una fogata para mantenerte caliente, comer algo, alumbrarte. Disfruto ver construcciones, caminar por calles desconocidas, vagar. Disfruto las creaciones de las personas, el arte, la música, la literatura. Amo leer y escribir. Pero más me gusta ver, ver lo que hay en el mundo. Y hacer un registro de ello, sí que sí.


Disfruto los pequeños placeres de la vida, como meter los pies al agua cuando llevas horas de pie, ponerse un pantalón o un suéter cuando hace frío, cambiarse la ropa por la pijama antes de dormir, lavarse los dientes, cerrar los ojos después de muchas horas de trabajo frente al monitor. Disfruto los grandes placeres de la vida, comer, dormir, beber, asearse, sentirse. Disfruto también algunas cosas que otros encuentran extrañas, como planchar, lavar los platos después de comer, sentir el aire estrellarse contra mi mano, sonarme la nariz después de estar horas llorando, el frío que da cuando estás bajo la lluvia o los apretones de la multitud en una presentación en vivo. Todo vale la pena, porque en todo momento estamos sintiendo y confirmando la existencia.

También hay cosas que odio y cosas que detesto. Cosas que me hacen enfurecer y otras que me desconciertan y me duelen. No tolero, ante todas las cosas, la indiferencia ni la desconsideración. Odio cuando una persona es egoísta, lo reconoce y no cambia nada. Cuando alguien puede seguir con su vida sabiendo que una decisión suya va a dañar a otra persona. Odio aún más cuando tengo que ser yo quien toma esa decisión. Tal vez porque en general odio tomar decisiones, sentir responsabilidad por otras personas. Odio la idea de que en mí hay capacidad para herir a alguien más. Odio equivocarme, pero odio aún más que los demás me miren cuando me equivoco. No me molesta tanto dar un paso hacia delante y admitir mis errores, pero no soporto quedar en evidencia. La conclusión a la que he llegado después de dos años de terapia es que me da miedo crecer. Porque cuando uno se equivoca, crece. Pero todo eso también, siempre, duele.


Dentro de dos semanas voy a cumplir 21 años, y eso me asusta un poco, porque cuando el mundo entero establece una fecha para reconocer tu ciudadanía, ya no puedes fingir demencia ni andar por la vida desprevenido o desafanado. A estas alturas, puedo decir que mi peor defecto es mi facilidad para procrastinar todo el día. Me encuentro a mí misma estando cada vez más definida, como un ente delimitado e independiente. Después de tanto tiempo sin poder nombrar todas las cosas que veía en el espejo, este es todo un hallazgo.

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