El Imperio de los Sentidos, L'Empire des Senses, Ai No Korida. Sexo explícito. Bueno, hombre, que no hay nada de qué alarmarse, igual vimos Nueve Orgasmos, de Michael Winterbottom y Garganta Profunda, de Gerard Damiano, ¿qué no? y de paso algunas cosas más perversas y torcidas, como Videodrome, de Cronenberg, La Pianista, de Michael Haneke, Anticristo, de Lars Von Trier o Bajo mi piel, de Marina de Van. El amor pasional es un tema recurrente, se ha visto, se ve y se seguirá viendo recurrentemente, y tan intensa como es la experiencia en sí, también lo han sido sus representaciones. Porque lo cierto es que cuando una persona se entrega a sus impulsos más instintivos, entra en el terreno de la sinrazón, donde lo que gobierna es el instante, los sentidos y las emociones.
La sexualidad, desde ese arista, no es más que hedonismo puro. Y el director de Ai No Korima, Nagisa Oshima, nos lo deja bastante claro, logrando retratar no sólo un extremo radical del amor perverso, la obscenidad y la ninfomanía, sino también toda una tradición sobre las relaciones sexuales en una cultura que a la mayoría de nosotros nos es ajena, la nipona. Hay toda una obsesión por la muerte y un morbo muy bien delimitados y escenificados en esta película, rasgo que creo merece reconocer e incluso, aplaudir. Hasta aquí llega mi apreciación por este film. Pero la verdad es que este tipo de obras no están planteadas para complacer, sino para perturbar, así que no creo que sea negativo decir que no me gustó verla. Algo tienen en común Sada Abe y Thérèse Raquin, esas mujeres son insaciables, inevadibles.
El sexo, se supone, es por naturaleza pornográfico. Y es verdad, en esos momentos de pasión desaforada, todo está más que explícito y revelado. Aquí es cuando, al hablar de las relaciones en pareja, viene la cursi e insistente pero necesaria distinción entre 'tener sexo' y 'hacer el amor'. No es lo mismo. La primera es meramente instintiva y la segunda, emotiva. Están todas las implicaciones morales y culturales de por medio, pero también las metafísicas. En esa definición entra también la disyuntiva entre eros y tanatos, que luchan por la supremacía. Y si tanatos gana, gana la pasión y el deseo, las relaciones comienzan a basarse puramente en lo físico y se imposibilita la conexión sentimental entre dos personas. Pero eso no suele ser algo de qué alarmarse, siempre está la conexión sensual para ocupar el lugar de lo esencial, y hacernos pensar que la 'necesidad' de una persona por estar con otra es una evidencia de amor.
El sexo fácil de nuestra época es el pan de cada día. Cuántas personas no salen los fines de semana, 'a perder el control', se embriagan, conocen a alguien, empieza la danza de cortejo con martinis en la mano y se sigue con la rutina. Alabado es el one night stand y nadie se preocupa por nada. A fin de cuentas, en un mundo tan efímero e instantáneo como lo es el nuestro, todo ocurre en un flashazo, lo importante no es 'hacer el bien' sino 'pasársela bien' y a veces hay que sacrificar una que otra norma social para tales fines; como cuando vas al antro y a cierta hora de la madrugada, a donde volteas hay gente sosteniendo coito perpendicular al suelo. Maldito reggaeton, lo odio, lo odio, lo odio.
El sentimiento de incomodidad que me hizo experimentar Ai No Korida me recordó mucho a eso. Pero aún entonces persiste esta idea de querer 'unirse' al ser amado (o más específicamente, al ser deseado), hasta convertirse en una sola entidad, aún cuando este nexo se dé primordial o exclusivamente en lo físico. "Sada y Kichi, ahora uno", le escribe ella a él en el pecho con la sangre que brota de sus genitales (así, ¿o más perturbador?), como sellando por fin esa integración.
Me recuerda a otro film bizarro sobre las relaciones de pareja, The Cook, the Thief, His Wife and Her Lover, de Peter Greenaway, en el que la protagonista cocina el cuerpo de su amado asesinado, para dárselo de comer a su marido, en venganza, haciendo que los dos se conviertan en uno. O yendo un poco más lejos, al desenlace de la novela naturalista El Perfume, de Patrick Suskind, cuando la gente de la calle se come a Grenouille, loca de amor. Es como si el único medio tangible de enlazar definitivamente nuestra vida y nuestra alma a las de otra persona fuera por medios físicos, corporales, abyectos. Porque para tener certidumbre de las cosas, hay que verlas, y hasta no tener pruebas materiales del amor, hay que ser incredulos ante él, como si fuera Santa Claus.
Por cierto, ví la película en Megavideo traducida al español castellano y no podía tomarme enserio los diálogos. Por favor no lo intenten.