martes, 28 de septiembre de 2010

a veces algo simple puede volverse difícil

Las películas chinas, en general, suelen costarme trabajo. Principalmente por su carácter oriental aislado, es una cultura perfectamente ajena a la nuestra, con todo un código de tradiciones que no se opone ni se emparenta con el nuestro, sino que se alza como un ente completamente separado del nuestro. Visualmente, además, la manera de construir discursos es muy diferente. Y no es que me desagrade, ahí tenemos al maestro Kurosawa, realizador de algunas de las películas más maravillosas de su tiempo. Pero lo cierto es que, como toda expresión cultural, las películas chinas siempre están impregnadas de una indiosincracia y discurso sobre el folklor -que se pierde y se defiende al mismo tiempo- que nos hablan, más que de un nacionalismo, de un profundo orgullo por su identidad nacional.

Xi zao (El baño, The Shower) de Zhang Yang no es la excepción y lo cierto es que además de un retrato detallado de las costumbres higiénicas de distintos sectores de la comunidad china, vemos también una descripción genuina de la sociedad aún enfrentando los efectos de la expansión económica de su país, y de la consecuente necesidad de globalización y de cómo todo esto afecta su vida diaria como ellos la entienden.

Me pareció muy interesante ver el contraste entre diferentes costumbres para tomar un 'baño', sólo dentro de la película vemos cinco: en el baño público, las tinas y regaderas colectivas, el baño tradicional prenupcial, el baño en el lago de los campesinos y el sofisticado baño tecnológico con sistemas automatizados, que además se muestra análogo al servicio de autolavado. Es curioso ver como para una sociedad, el acto de asearse puede convertirse en todo un sistema de convivencia social, hablando de los baños públicos por ejemplo, donde además de bañarse, juegan a las apuestas, cantan, comparten sus problemas. Más pareciera que se encuentran en un bar que en el baño.

Definitivamente son las particularidades de nuestras acciones las que nos terminan definiendo, las que moldean nuestra identidad. Y creo que como nación, habla mucho de nosotros nuestras costumbres higiénicas, pues si bien es una generalidad el cuidar de nuestro aspecto físico y asearnos con regularidad -si bien no meticulosamente-, pareciera que no ponemos el mismo cuidado ni atención hacia nuestro entorno inmediato. No nos molesta tanto que la calle esté sucia y sin barrer, que las coladeras estén tapadas o que salga agua verde de las fuentes como que alguien huela mal o ande con la cara sucia, por ejemplo.

Y me parece que siempre medimos el grado de higiene de una persona a partir de su cara, un poco menos de su cabello y ya al final, las manos. Difícilmente nos fijamos en algo más. Lo que me lleva a concluir, después de ver Xi zao, en que somos una sociedad más guiada por las apariencias que otras, en este caso, que la china, por tener un parámetro, ya que aparentemente nos mantenemos limpios por obligación -moral, social o meramente fisiológica-, no tanto por placer. Y esto no significa que no disfrutemos bañarnos -yo personalmente lo considero uno de los pequeños grandes deleites de la vida-, sino que sigue siendo una práctica enteramente superflua, que no se conecta intrínsecamente a nuestro ser, a diferencia de lo que ocurre con los personajes de la película.

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